El patrimonio de Castilla y León

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miércoles, 5 de marzo de 2008

Caracena

EL FINISTERRE SORIANO
José Ignacio Martín Benito

El viajero ha remontado la N-122 hasta San Esteban de Gormaz en busca de las casas rupestres de Tiermes y de la villa de Caracena.
No hay nadie en la ciudad celtibérica. No son horas tampoco. A las tres de la tarde los vigilantes y los arqueólogos están comiendo en la venta. Así que el impenitente visitante campará a sus anchas por la ciudad romanizada. Es así como descubrirá oquedades y habitáculos excavados en la blanda roca roja. Hay un momento en el que el viajero evocará al desaparecido profesor Argente Oliver, “alma mater” de Tiermes, al que conoció en un curso en Benavente. Es mucho lo que resta por hacer en este lugar todavía. Así que dejemos a los romanos y vayamos en busca del medievo en el finisterre soriano.
No hay carretera entre Tiermes y Caracena, por lo que el viajero deberá dar un rodeo de 50 kilómetros, siguiendo los consejos del ventero. El camino no va más allá. Y la telefonía móvil tampoco.
A Caracena se accede por una carretera estrecha, de firme irregular y trazado sinuoso. Una gigantesca roca, al borde de la calzada, evoca los mallos de Riglos y Agüero, en el prepirineo oscense. Es este un paisaje agreste, desnudo y primitivo.
Caracena es una calle y dos iglesias. Un castillo y un fortín arruinados parecen vigilar los extremos de la villa, en tanto que los barrancos protegen los laterales. Hasta aquí ha llegado el de Benavente, buscando argumentos sobre el terreno para defender una proposición no de ley en las Cortes regionales. Junto con los procuradores socialistas de la provincia, el viajero quiere instar a la Junta a la apertura de un expediente administrativo de declaración como conjunto histórico. La vista será el próximo día 7 de febrero, en la Comisión de Cultura.
Por un momento, el recién llegado evocará, en este apartado espacio, las aldeas históricas de Castelo-Rodrigo, Monsanto e Idanha-a-Vella, próximas a la Raya española. Los portugueses han sabido recuperar y aunar para el siglo XXI el pasado medieval.
Algo así habría que hacer con Caracena, antes que el tiempo y, sobre todo, los hombres, den al trasto con su fisonomía urbana. Algunas intervenciones de ahora van dejando sus cicatrices en el caserío: ladrillo rojo, piedra prefabricada y metálicas puertas. Mientras, la ruina avanza en la impresionante fortaleza que señorea la villa. Es este, pues, un momento decisivo para hacer de este lugar un reclamo turístico en el corazón de Soria.
Son las seis de la tarde y la tarde es de color gris plomizo. De regreso a San Esteban de Gormaz y pasada Carrascosa de Abajo, una pareja de corzos cruza la carretera buscando la espesura. El viajero para la metálica cabalgadura para tomar unas instantáneas, pero apenas logrará atrapar los cuartos traseros del más rezagado. Es esta tierra de despoblación y, acaso por eso, la naturaleza ocupa lo que el hombre abandona.

Apenas tres poblaciones separan Caracena de San Esteban; por doquier surgen palomares circulares, como en la Tierra de Campos, maltrechos unos, derruidos otros. Es el sino del abandono. Huidas o emigradas las gentes, permanece su huella, eso sí, sin aliento de vida. La imagen de la desolación la encuentra el viajero a la entrada de Navapalos, en donde, a pesar de la ruina, todavía se señala la “atalaya islámica”.
En la Rasa y en Parada de San Estaban, los paisanos queman los rastrojos y las cunetas. El humo, cual densa niebla, inunda la carretera, al tiempo que la telefonía móvil comienza a ser operativa. Mientras esto sucede, el viajero se juramenta con los corzos en vindicar el nombre de Caracena.

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